El Choclo de Aristóteles

Tres siglos antes de nuestra era, por las calles de lo que entonces era la moderna Grecia, andaba el barbudo genio pensando acerca de los pueblos y sus gobiernos. Para Aristóteles sólo podían existir 5 formas de gobierno: monarquía, aristocracia, democracia, oligarquía y oclocracia. Dos mil trescientos y pico años después, en el otro lado del mundo, los peruanos, con la creatividad que nos caracteriza, inventamos una más; la que me atrevo llamar choclocracia.

No, no nos gobierna el choclo. Maíz hermano, granito eterno; aunque el tirano te muerda siempre serás maíz, maíz… pancito de la ternura, humilde oro de mil corazones (Martina Portocarrero dixit). Con choclocracia me refiero a la democracia chola, a la oclocracia made in Perú.
La aristocracia se traduce como el gobierno de los mejores, y eso claramente nunca ocurrió por estos lares. La monarquía es el gobierno de uno. Incas, reyes, virreyes, tiranos, dictadores y hasta bandoleros, nuestra historia nos muestra de todo, como en botica. La oligarquía es una mutación de la aristocracia, se define como el gobierno de un grupo que antepone sus intereses a los de sus gobernados. Esa letanía se repite siempre, y sea cual sea la forma de gobierno imperante, la oligarquía está allí como una constante.
Pasemos a lo que nos interesa. La democracia y la oclocracia merecen un punto aparte, porque es de la combinación de éstas que nace la choclocracia. Formalmente, el Perú es una república democrática, en la que el pueblo elige soberanamente a sus gobernantes. Ineptos, ladrones, mentirosos o lo que sea, los elige la gente. La oclocracia es una deformación de la democracia. Para la academia, esta palabra significa “gobierno de la plebe”. Un siglo después de Aristóteles, otro griego, Polibio definió la oclocracia como “la tiranía de las mayorías incultas y uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas”. Nos vamos acercando al concepto. Para el filósofo francés Jean Jaques Rousseau la oclocracia ocurre al reemplazar la voluntad de la mayoría por la voluntad de un grupo y esto sucede cuando, a través de la violencia de las masas fuerza tomar determinadas medidas.
El que no llora, no mama, pues. Vivimos en el imperio del chantaje por la mancha belicosa. Lo vimos muy claramente durante el paro agrario de febrero último, cuando se bloquearon carreteras y puentes para que el gobierno central se retracte de tomar determinadas medidas.
En el Perú la cosa funciona así. Si la justicia determina que determinado canal de televisión le pertenece a un empresario, quien no salió beneficiado contrata a un grupo de matones y toma el local por la fuerza. Si no eligen a cierto alcalde, éste va con un grupo de maleantes y apedrea el recinto municipal. Si un grupo de profesores no quiere ser evaluado, se aposta en los colegios e impide que los que están dispuestos a rendir su prueba ingresen a dar la evaluación. Si un grupo de agricultores no está de acuerdo con el precio de determinado producto, paralizan la región hasta que papá gobierno regule el precio. Si los veedores de Devida dan muchos problemas a los cocaleros, pues traen a su congresista favorita, retienen a los inspectores y les roban su comida. Si la policía incauta insumos para la fabricación de cocaína, bombardean la comisaría o matan a los oficiales en cobardes emboscadas.
Recuerdo que hace algunos meses, un grupo de agricultores arroceros en la región de San Martín consideró que el tratado de Libre Comercio con EE.UU. los perjudicaría. Entonces decidieron tomar “medidas de fuerza”. Esto significó tomar el aeropuerto, destruir las luces de la pista de aterrizaje y vandalizar el lugar.
Más recientemente, un proyecto de ley intentaba dar el manejo de bienes arqueológicos a capitales privados. Esta sería una prerrogativa del gobierno regional, que podía acatar o descartar. Sin embargo los cusqueños pegaron el grito en el cielo y decidieron matar a la mamá del cordero, quizás asustados porque las comparaciones siempre son odiosas y un turista que visite Chan chan o Kuélap vería mejores servicios que los que otorga la informalidad en Cusco. Los choclócratas bramaron desde las radios locales mal informando a la población y llamando a la resistencia con violencia. Paralizaron la ciudad con infinidad de marchas, armaron barricadas interrumpiendo el acceso del tren que va a Macchu Picchu, trataron de tomar el aeropuerto rompiendo una de las paredes laterales.
Vemos pues que la choclocracia no respeta la opinión de la mayoría, si no de determinado interés, ya sea político, económico o de cualquier otra índole.
Es que en un país que luego de diez años de una dictadura democrática como la de Fujimori, quedó claro de que la ley no sirve para nada. Es letra muerta. Durante una década se pisoteó sistemáticamente el estado de derecho y eso parece haber quedado en la psique de la gran mayoría. Desde el conductor que no respeta el semáforo “porque nadie más lo hace”, hasta el empresario que no paga con justicia a sus trabajadores o el congresista que contrata “fantasmas” en su despacho.
Sabemos que impera la choclocracia cuando escuchamos del gobierno que “tenemos que recuperar el principio de autoridad”. Vemos también que el estado está ausente en gran parte del país y la única forma de impartir justicia es haciéndola con tus propias manos. Así sucede con ladrones y violadores en asentamientos humanos donde no acude la policía, y es la población la que ajusticia, tortura y hasta prende fuego a los sospechosos. Sumariamente, sin que se determine la culpabilidad o inocencia del presunto malhechor. Ushanan Jampi, papá; ése es el principio de autoridad en el que creen los olvidados por el Estado; y como a rio revuelto… siempre hay un pescador que sacará partido.
El Perú siempre fue una chacra de la que los poderosos han buscado sacar provecho de la gente común, de los peruanos que, como el choclo, alimentamos las ambiciones y servimos a quien esté a cargo de nuestra huerta.

¡Digan lo que ***rda les venga en gana! Con confianza...