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Hoy es un gran día: fundación de mi ciudad y el nacieminto de un grande: Arguedas.

Acá información sobre ambos.

Lima 3 veces coronada

La Ciudad de los Reyes fue fundada un 18 de enero de 1535

El 18 de enero se celebra un año mas de la fundación de Lima. A lo largo de estos años, el rostro de la ciudad ha cambiado drásticamente, producto de los procesos culturales y sociales que ha atravesado. Sin embargo, la magia de su glorioso pasado sigue deslumbrándonos.

El 18 de enero de 1535, don Francisco Pizarro fundó la Ciudad de los Reyes, muy pronto conocida con el nombre de Lima. De esta manera dio inicio al proceso de colonización de los territorios conquistados por los españoles desde 1531.

La ciudad de Lima se ubica en las riberas del río Rímac, en el valle más central y extenso de la costa peruana. Sus costas son bañadas por el Océano Pacífico y en épocas preincaicas fue habitada por pobladores de las culturas Chavín, Maringa, Huari y Muchik, entre otras.

TERCERA ELECCIÓN
Lima no fue la primera opción que eligió Francisco Pizarro para fundar la capital del Perú. En 1533 escogió el valle de Jauja, pero por la lejanía al mar y por los trastornos que sufrieron los animales domésticos traídos de España debido al clima frío y a la altura de 3400 metros sobre el nivel del mar, la idea fue descartada. Lo mismo sucedió con el intento de fundar la capital en Sangallán, muy cerca de Pisco.

En 1534, Pizarro envió desde Pachacámac una expedición para buscar un lugar estratégico. El señorío del curaca Taulichusco parecía perfecto. Estaba cerca al mar, pero lo suficientemente retirado como para ser un sitio seguro en caso de ataques. Además contaba con buen clima, frutales, bosques y buenos caminos.

La población, de aproximadamente cincuenta mil personas, se dedicaba a la agricultura y a la pesca. Había un total de 22 pueblos, cuatro tambos, dos pesquerías y dos fortalezas enclavadas al norte y al sur: Kolliqe y Atoqkunka.

CIUDAD DE REYES
El 18 de enero de 1535 Francisco Pizarro bautizó la ciudad con el nombre de Ciudad de los Reyes. La ceremonia fue presenciada, entre otros, por los españoles Alonso de Riquelme, Nicolás de Ribera El Viejo –quien sería el primer burgomaestre de la ciudad– , Domingo de la Presa, Nicanor de Ribera El Mozo, Diego de Agüero, Francisco Vara y Gerónimo de Aliaga. También participaron un fraile franciscano y otro dominico, soldados a caballo, esclavos negros y la morisca Beatriz.

El curaca Taulichusco estuvo en su litera vestido como un príncipe. Sus súbditos observaron la ceremonia con un sentimiento de extrañeza, debido a la presencia de extranjeros montados en animales enormes y desconocidos hasta ese momento: los primeros caballos.

Se cuenta que el nombre de Ciudad de los Reyes no fue otorgado como homenaje a los reyes de Castilla, sino más bien por la festividad que conmemora la llegada de los Reyes Magos a Belén. Ahí también se originaría el apelativo de Las tres veces coronada ciudad. Sin embargo, la historiadora María Rostworowski indica que el nombre se otorgó en honor a Carlos V de Austria y I de España y de las Indias, y de su madre, la reina Juana.

LOS NOMBRES DE LIMA
A pesar de que el nombre oficial de la capital fue Ciudad de los Reyes, se impuso el nombre nativo de la ciudad: Rímac. Según Garcilaso de la Vega, este vocablo dio origen a la palabra Lima.

A largo de su historia, la capital ha recibido diversos nombres: Ciudad de los Reyes, Perla del Pacífico, La tres veces coronada villa y Ciudad Jardín, entre otros.

Pedro Villar, en su obra Arqueología del departamento de Lima (1935), sostiene que el nombre de la capital tiene origen aymara (limac), y significa “flor amarilla”. Por su parte, el historiador Guillermo Lohmann indica que el nombre no proviene del aymara ni del quechua, sino de un vocablo preincaico: ishma.

EL DAMERO DE PIZARRO
Según los cronistas de la época, Pizarro dio a la ciudad una forma triangular. Inclusive, se dice que el conquistador trazó con su espada el cuadrilátero inicial de lo que actualmente es la Plaza Mayor y señaló dónde estarían el Palacio del Gobernador, la Catedral y el Cabildo.

El croquis original de la ciudad se encuentra perdido, pero marcaba 9 calles de largo por 13 de ancho, dividida como un tablero de ajedrez. De allí el nombre de Damero de Pizarro. El número total de manzanas era de 177. Cada una de éstas se dividía en cuatro solares que fueron repartidos de acuerdo de la amistad y estima que Pizarro tenía por cada uno de sus compañeros.

Las primeras casas se construyeron alrededor de la Plaza Mayor, en las cercanías del río Rímac, y en poco tiempo Lima se convirtió en el centro comercial de las colonias de España.

Y nuestro entrañable Arguedas

 

Un día como hoy nació José María Arguedas

Por Ximenilla de LaMula.pe

Amó al Perú como nadie, difundió su cultura, costumbres y arte. Nos regaló obras hermosas, que han influido, influyen e influirán a muchas generaciones.

José María Arguedas Altamirano nació en Andahuaylas hace ya 102 años, quedó huérfano de madre a los dos años de edad.

Ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, en 1931; allí se licenció en Literatura, y posteriormente cursó Etnología, recibiéndose de bachiller en 1957 y doctor en 1963.

De 1937 a 1938 sufrió prisión en razón de una protesta contra un enviado del dictador italiano Benito Mussolini.

Como escritor es autor de novelas y cuentos que lo han llevado a ser considerado como uno de los tres grandes representantes de la narrativa indigenista en el Perú, junto con Ciro Alegría y Manuel Scorza.

Su obra narrativa refleja, descriptivamente, las experiencias de su vida recogidas de la realidad del mundo andino, y está representada por las siguientes obras: Agua (1935),Yawar Fiesta (1941), Diamantes y pedernales (1954), Los ríos profundos (1958), El Sexto(1961), La agonía de Rasu Ñiti (1962), Todas las sangres (1964), El sueño del pongo(1965), El zorro de arriba y el zorro de abajo (publicado póstumamente en 1971).

Introdujo en la literatura indigenista una visión interior más rica e incisiva. La cuestión fundamental que se plantea en sus obras es la de un país dividido en dos culturas (la andina de origen quechua y la urbana de raíces europeas), que deben integrarse en una relación armónica de carácter mestizo. Los grandes dilemas, angustias y esperanzas que ese proyecto plantea son el núcleo de su visión.

Su labor como antropólogo e investigador social no ha sido muy difundida, pese a su importancia y a la influencia que tuvo en su trabajo literario.

Asimismo, se debe destacar su estudio sobre el folclore peruano, en particular de la música andina; al respecto tuvo un contacto estrechísimo con cantantes, músicos, danzantes de tijeras y diversos bailarines de todas las regiones del Perú. Su contribución a la revalorización del arte indígena, reflejada especialmente en el huayno y la danza, ha sido muy importante.

Fue además traductor y difusor de la literatura quechua, antigua y moderna, ocupaciones todas que compartió con sus cargos de funcionario público y maestro.

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Este jueves 24 de Noviembre a las 9 p.m. en Albazos Pisco Bar-Centro Cultural-  Calle Berlin 172 Miraflores se presentará la segunda entrega de David Collazos titulada “Diario Haiku”  publicada por el sello Casa Katatay Editores. La presentación estará a cargo de Diego Lazarte y tendrá una sesión de videopoesía inspirada en los poemas del libro realizados por John Martínez y Omar Córdova. 

POÉTICA VAGABUNDA 

Un jaikai o Haikú es un poema de tres versos; de cinco, siete y cinco, suman un total diecisiete sílabas. De orígenes remotos se puede atribuir su cultivo a los poetas Morikate y Sokan y más adelante su difusión en el mundo occidental a Matsuo Bashó, y en el Perú, a los esfuerzos de Javier Sologuren, Cisneros Cook y Toro Montalvo, sin olvidarnos de la poesía quechua.

Qué podría expresarse en un espacio tan reducido. Lo que parece poco en cantidad de versos, gana en profundidad y sugerencia cuando es concebido con arte y emoción. El afán del Haiku y del Haijin es ante todo atrapar un instante de belleza como los insectos en ámbar. Diario Haiku (Casa Katatay Editores, 2011) de David Collazos es en primer lugar un hokiji o colección de objetos antiguos, versos en este caso, cuyo autor en el prologo nos dice haberlos “descubierto en una maleta de viaje abandonada y en un pequeño cuaderno marrón”.  En un segundo lugar, el haijin o yo poético del libro, quien respondería al nombre de Hikaru, sintoniza con el verdadero ideal de los poetas vagabundos. Sus pasiones son las flores y la luna. Sus versos himnos a la naturaleza. Es ascético y errante mañana y tarde, vaga toda la vida por campos y playas, montes y bosques, cuyo escenario en este libro sería el desierto de Arizona. Lo vemos meditar según las estaciones, bajo cerezos rosa o jacarandas. Siempre al azar de los caminos, cantando a las flores, las bestias, hombres y cosas. Este haijin, budista iluminado, comprende con el corazón. Y la austeridad, es para él un tesoro, el único que da al poeta los contactos íntimos con la naturaleza, la riqueza de sus profundas confidencias.

Podría decirse que David Collazos en Diario Haiku sigue la escuela de Matsuo Bashó, quien enseñó la poesía como expresión intuitiva del alma, que no ama sino la simplicidad. La poesía hermética, los recursos artificiosos alejan del camino al verdadero jaikai. 

Ser poeta para David Collazos es practicar con embriaguez, una vida pura y mística. El poeta se impresiona con el espectáculo de la vanidad y la transitoriedad de la cosas, se exalta con las cosas leves y pasajeras del mundo, flores y nubes, el vuelo de las garzas y el ruido de los grillos, toda la hechicería evanescente de los colores, de los perfumes de la naturaleza: Pescador nocturno/ recoge su red del lago/ no atrapa la luna. Y el poeta se prepara para un nuevo viaje,  solo ante la naturaleza se libera de la vulgaridad y modernidad que abruma a los demás. Escribir es un acto solitario y al igual que Bashó en su Saga- Nikki (Diario de viaje)  David Collazos se pierde nuevamente en los sinuosos caminos de la poesía.

 Diego Lazarte 

 

David Collazos nace en Lima el 12 de enero de 1979. Estudió en la Universidad de San Martín de Porres la especialidad de Ciencias de la Comunicación. Publicó el poemario En Blanco en el 2002. Quedó segundo en el certamen de haiku organizado por la revista virtual española el Rincón del Haiku en el 2002. También ha participado en una exposición plástica en La Noche del Centro en el 2003 con dibujos digitales. Ha publicado en el Portal de la UNESCO: Babele Poética 2003 y 2005 poemas por el “Día Mundial de la Poesía”. Integró el comité editorial de la revista Contradixión (2003). Participó en la Editorial Campo de Gules (2004). Ha realizado un vídeo arte llamado Secuestro Interior N°9 (2008). Y aparece en 2+ no antología no contemporánea de los poetas amigos (2008). Ha sido invitado a diversos eventos de poesía, y sus poemas han sido publicados en revistas nacionales, así también en páginas de Internet.

 

Alan Gribben, profesor de la Universidad de Auburn (Alabama), es el principal impulsor de una versión revisada de “Las aventuras de Tom Sawyer” y “Las aventuras de Huckleberry Finn”, él manifiesta que siempre le dieron problemas estos clásicos al tener que leer la ofensiva palabra ‘nigger’  en su clase y para evitarlo propone que en su lugar  se emplee ‘esclavo’ en estos textos literarios.

La editorial NewSouth Books pretende suavizar así cuestiones raciales de las dos obras de Mark Twain, escritas hace más de 100 años. (lainformación.com)

Mark Twain no era racista. Se crió entre esclavos y jugaba con ellos, como apuntó en su autobiografía. Además, peleó en la Guerra civil estadounidense contra los esclavistas y apoyó a la naciente Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color. Sus clásicos Tom Sawyer yHuckleberry Finn , por el contrario, retratan el racismo imperante en la sociedad estadounidense del siglo XIX. Sin embargo, el editor Alan Gribben pensó, a 100 años de la muerte del autor, que sería bueno reemplazar las 219 veces que aparece la palabra “negro” ( nigger , en rigor) en Las aventuras de Huckleberry Finn por la menos ofensiva“esclavo (Clarin.com)

Esclavo ¿Una palabra menos ofensiva? Puede ser, ya que, a pesar de llevar una carga connotativa históricamente racista en Estados Unidos y de ser empleada como término peyorativo, a diferencia de nigger,  es usada -además- para a personas que carecen de libertad por encontrase bajo el dominio de otras. Vale decir que ésta incluye a tros grupos étnicos, a diferencia de la focalización que nigger tiene en la población negra de estados unidos.

Cabe anotar que ‘nigger’ no sólo fue empleado por Twain sino también por cantantes de rap como Tupac Shakur (2Pac) o Snoop Dog, que -incluso- usan variantes de la palabreja: ‘nigga’, y no se ven ofendidos para nada y encima venden bien sus discos. ¿Habrá que pedirles que también dejen de lado su ‘racismo’ y cambien sus letras? También he oído esta palabra en películas como Gloria; habría, entonces, que cambiarles también el audio para que se propalen sin ser ofensivas. Si seguimos en esa línea debería censurarse un montón de páginas web,  películas, canciones, más libros y programas de televisión. Pero este no es el punto.

La cosa es: ¿Hasta dónde puede llegar la hipocresía yanqui? Es políticamente incorrecto decir ‘nigger’ porque crea una incómoda controversia, lo cual hace saber que hay gente que sí se ofende; pero en este caso la  palabra en cuestión es un elemento de una obra ya hecha y de su contexto histórico. Su uso se dio porque era el lenguaje común en la época para las situaciones y personajes representados. La censura  de la palabra nigger, el querer reemplazarla, cambia la fuerza expresiva y el sentido real de lo que quiso decir el autor; y sobre todo  no se es consecuente con la verdadera historia; no sólo de la obra sino de los EEUU, donde en efecto ocurrieron hechos terribles contra la población negra. Tratar de suavizar las cosas y comenzar a promover una amnesia consensuada no es saludable porque de los errores y horrores del pasado se deben extraer lecciones para que no se repita.

Por otra parte, si bien el racismo es un tema sensible en EEUU, pretender cambiarle el sentido a una obra clásica no soluciona otros hechos  más ofensivos en términos de discriminación, que suceden en territorio norteamericano como, por ejemplo  el prejuicio de la policía contra los negros y latinos (básicamente contra cualquiera que no sea blanco, hecho ampliamente documentado);  otro caso es el trato ‘especial’ que se le da a los latinos en los aeropuertos (hasta a embajadoras); otra perla: la existencia de organizaciones como el KKK o Aryan Nations (que son menos hipócritas y sí expresan lo que creen y , además, algunos de sus miembros hacen un ‘poco’ más que sólo ofender),  leyes racistas, etc, etc .

Regresando al tema de Twain, con la censura impuesta a este clásico, ícono literario de de la cultura de Estados Unidos, queda claro (una vez más) que no hay nada inalienable en la tierra de los libres y hogar de los valientes.

El 52 Premio Literario Casa de las Américas 2011 será dedicado al centenario del escritor peruano José María Arguedas (1911-1969) como homenaje al autor de ‘Los ríos profundos’ y ‘Yawar Fiesta”, obras que reflejan el universo andino.

El presidente de la institución, Fernández Retamar, precisó que el homenaje es a uno de lo escritores cuyo legado se valoriza por su aporte al conocimiento de las costumbres del Ande. El anuncio del homenaje a Arguedas estuvo a cargo del director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa, Jorge Fornet, quien brindó detalles del premio.

Por ejemplo, informó que el certamen será inaugurado por el vicepresidente de Bolivia, Alvaro García Linera, y el académico peruano Stefano Varese. También refirió que cerca de 300 originales en novela, cuento, literatura testimonial, ensayo artístico-literario y literatura brasileña competirán en esta edición -la mayoría de ellos de Argentina, Brasil y Colombia- , cifra que podría incrementarse en los próximos días. Según dijo, en novela, uno de los géneros más representados, los jurados serán el colombiano Roberto Burgos Cantor, el boliviano Claudio Ferrufino-Coqueugniot, la chilena Andrea Jeftanovic, el argentino Martín Kohan y el cubano Rogelio Riverón.

En literatura testimonial, estarán el colombiano Flor Romero y el cubano Yamil Díaz, mientras que en ensayo artístico-literario decidirán los lauros el peruano Carlos García Bedoya, la argentina Adriana Rodríguez y el cubano Norge Espinosa.

En cuento lo integrarán el español Eduardo Becerra, la cubano-estadounidense Sonia Rivera-Valdés, el guatemalteco Mario Roberto Morales y la cubana Ana Lydia Vega Serova.

Fuente:  Andina

De un lado hemos tenido a una Keiko anunciando que regresa ‘la vieja guardia’ del fujimontesinismo, nada menos que a Rey, que según él quería retirarse de la política, pero Keiko lo convenció de regresar -¡Cómo no?-, y por otra parte la hijita de Kenya nos presentó  a Yoshiyama quien amenazó tratar de trabajar como en los 90. Ambos (primer vicepresidente y segundo vicepresidente)  según ella son de una trayectoria “intachable”. Resumen: le está metiendo el dedo a los peruanos ciegos y a los desmemoriados.

Y, encima, el canal de  tooooodos los peruanos (TNP) nos pasó la perorata de líneas arriba en lugar de un discurso que sí valía la pena ser difundido, para orgullo y saber de los peruanos. Me refiero a Mario Vargas Llosa quien presentó su discurso en el marco de las actividades previas a la premiación de los premios Nobel.

En este discurso Mario, lleno de emoción y claridad, nos da una visión del amor por el Perú, sobre la libertad, la igualdad, la política y la literatura que no sólo llega a tocar fibras sino echa luz sobre estos temas que a todos nos atañen, pero que a veces se dejan de lado postergando la reflexión personal, por sucumbir a la rutina del día a día, a pesar de ser necesario saber respetar, soñar, imaginar, reflexionar para que podamos progresar.

“La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por
debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan”.  MVLL

A continuación reproducimos el texto íntegro de su discurso “Elogio de la Lectura y la Ficción“.

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero. 

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura-lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla-a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy –que trato de ser-fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del General de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país –lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si –el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan-el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo¬cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso –triste consuelo-descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión-provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” –lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: “Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia.

“Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias.

Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa.

Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Descanse en paz maestro

Publicado: 17 mayo, 2009 de Kalki en Peru es Babel
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Murió escritor uruguayo Mario Benedetti a los 88 años

El literato tenía un delicado estado estado de salud que desencadenó en su fallecimiento este domingo en Montevideo.

El escritor uruguayo Mario Benedetti murió hoy en Montevideo a la edad de 88 años, informaron fuentes próximas a su familia.

Benedetti, que padecía un delicado estado de salud, estaba en su domicilio de la capital uruguaya al momento de morir.

El escritor estuvo hospitalizado cuatro veces el año pasado en Montevideo debido a diversos problemas físicos.

La primera vez entre enero y febrero de 2008 tras sufrir una enterocolitis que le causó deshidratación; la segunda vez en marzo, con problemas respiratorios, y por tercera vez, en mayo del pasado año a causa de una descompensación general.

La última, desde el pasado 24 de abril hasta el 6 de mayo, cuando el escritor recibió el alta médica y regresó a su domicilio tras doce días de internación al agravarse una enfermedad intestinal crónica.

Benedetti fue autor de más de ochenta libros de poesía, novelas, cuentos y ensayos, así como de guiones de cine, fue galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1999), el Premio Iberoamericano José Martí (2001) y el Premio Internacional Menéndez Pelayo (2005).

Su última obra publicada, el poemario “Testigo de uno mismo”, fue presentada en agosto del año pasado.

Antes de su último ingreso, Benedetti estaba trabajando en un nuevo libro de poesía cuyo título provisional es “Biografía para encontrarme”.

EFE